Fotografía de Ana Escalera
Un deslumbramiento,
un posible destello o una pesadilla,
una cabriola en la cama
cuando todavía, más dormido que despierto,
era tensa la porfía entre la noche y el alba.
Todo muy oscuro, pero un relumbrón,
una mancha de colores abocetados,
como aplicados con la yema de un torpe dedo,
o con un impreciso y zoquete difumino,
dejo una mácula coloreada y sin bordes
en el desconcierto de los primeros instantes
de esta recién estrenada vigilia.
Más tarde, cuando todos los sentidos
estuvieron activos, y supieron calibrar
entre el sentido de la vista y el intelecto,
fue cercano y bello ese regalo primaveral,
donde la naturaleza hace germinar
una selección de tinturas con la habilidad
de un maestro pintor, tal vez impresionista.
De nuevo cerré los ojos, pero ya estaban
dañados por la luz y seguían fantaseando,
torpes para dilucidar con precisión,
pero afectos a ese incidente, sin explicación,
que quizás tenga que ver con lo soñado
y no precisamente con lo vivido.

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