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25 abril 2026

TOLERANCIA

 



Eran tiempos de radicalismos,

cuando el silencio se hacía obligatorio

y cómplice, y por el sumidero de la omisión

se conseguía la paz deseada y añorada,

y la armonía impuesta.


Y sucedió lo inevitable, y nos dimos

un borrón de olvido y cuenta nueva

con aquellos mimbres del viejo canasto,

a pesar de las incontinencias para muchos

y las bravuconadas de los otros.


Asentados los días, y ante la panorámica

de la Exposición Universal en Sevilla,

Eduardo Chillida peinó los vientos del Guadalquivir

con su imaginativo monumento a la Tolerancia,

y desde entonces, entre la Torre del Oro

y el Puente de Triana, su sinuosa nervadura

muestra la ductilidad de la brisa con firmeza.


Pero se adocenó la calma a lomos de lo soez,

y paso de lo ocasional y festivo a lo ordinario,

y en la nervadura de los días se orilló el insulto,

la paciencia y las muchas aguantaderas,

y de lo exquisito se pasó a la ordinariez,

como del respeto a la intransigencia grosera…


¡Qué bajonazo! ¡Cuánto hemos perdido!

Donde moraba la exquisitez parlamentaria,

ahora merodean subalternos y mozos de cuerda

sin calidez ni calidad, segundas y terceras líneas

que solo cuentan en el empeño de lo abyecto.

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