Eran tiempos de radicalismos,
cuando el silencio se hacía obligatorio
y cómplice, y por el sumidero de la omisión
se conseguía la paz deseada y añorada,
y la armonía impuesta.
Y sucedió lo inevitable, y nos dimos
un borrón de olvido y cuenta nueva
con aquellos mimbres del viejo canasto,
a pesar de las incontinencias para muchos
y las bravuconadas de los otros.
Asentados los días, y ante la panorámica
de la Exposición Universal en Sevilla,
Eduardo Chillida peinó los vientos del Guadalquivir
con su imaginativo monumento a la Tolerancia,
y desde entonces, entre la Torre del Oro
y el Puente de Triana, su sinuosa nervadura
muestra la ductilidad de la brisa con firmeza.
Pero se adocenó la calma a lomos de lo soez,
y paso de lo ocasional y festivo a lo ordinario,
y en la nervadura de los días se orilló el insulto,
la paciencia y las muchas aguantaderas,
y de lo exquisito se pasó a la ordinariez,
como del respeto a la intransigencia grosera…
¡Qué bajonazo! ¡Cuánto hemos perdido!
Donde moraba la exquisitez parlamentaria,
ahora merodean subalternos y mozos de cuerda
sin calidez ni calidad, segundas y terceras líneas
que solo cuentan en el empeño de lo abyecto.

Todo es en exceso chabacano. Empezó la moda un señor de hablar barriobajero que recaló en tu qurida Marbella. Creó escuela.
ResponderEliminarNo sé si exactamente es el pionero, pero también fue muy avezado en meter la mano en el bolsillo público. Después del silencio de mi infancia y juventud, me pareció admirable el comienzo de la vida democrática, con respeto y cada quien defendiendo sus ideas con toda honestidad. Por cierto, aquel tal y tal, venía de la ribera del Manzanares.
EliminarUn abrazo.
Un abrazo.
Si es para consuelo el mundo está patas arriba, o abajo para mejor decir de la falta de ética y educación y respeto, un abrazo Francisco!
ResponderEliminarTienes razón, María Cristina, hoy por hoy no hay quien se libre en cualquier latitud. ¡Qué pena!
EliminarUn abrazo.