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27 abril 2026

DANZA




                                           A mi hermano Juan


El violín dejó una estela de regusto,

de dulce nostalgia enamorada y un paladar denso,

como de leche condensada

y almibarada a la infancia.

Eran los primeros compases

de “La leyenda del beso”

esos que te hirieron de infantil ternura

y te dejó marcado de manera indeleble

en el oído interno para siempre.


Es el inefable perfume de los recuerdos

que se enquistan, sin ser notados,

en las horas felices;

y ahí se alojan para siempre,

en aquel tiempo achatado por los polos

al pasodoble en masa

o el espectáculo del tango de Pedro y su sobrina

convocando todas las miradas.


Ella era ligera como una pavesa,

como esos confetis lanzados al aire

que danzan en la ingravidez de lo sutil

hasta caer al suelo en amalgama de color,

o remontan y levantan el vuelo,

sin conocer el destino, antes de posarse.


Son recuerdos tan imprecisos como fijos

que hoy gravitan en el aire,

como aquel cuerpo joven y grácil

que evoluciona colmado de emoción

en escala oscilante de candor y de ternura. 

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