Mirar, contemplar el distante horizonte,
ponerle puntos suspensivos a esa visión
que no acaba donde la limitación visual
y termina por acomodarse en nuestro yo,
hasta amalgamarse de forma compacta.
Una unidad, un todo indivisible y único
en el que se fusionan y mimetizan
todos los tiempos verbales,
y también,
lo que pudo haber sido y no fue:
la voluntad, el deseo, la fortuna,
los sueños formulados,
y también,
los sobresaltos y las adversidades.
Mirarme en el horizonte de tu mirada
y descubrir mi yo anudado al tuyo:
mi horizonte.
Lo malo del horizonte es que nunca llegas a él: según caminas a su encuentro, el muy sinvergüenza se aleja otro tanto de ti. Aquí podríamos hablar de la amada imposible, inalcanzable, evanescente...
ResponderEliminarUn abrazo.
Si, Cayetano, todo eso anda por esas mismas calles que llevan a la nada.
EliminarUn abrazo.
Qué mejor horizonte que descubrirnos en los ojos-horizonte de la amada, donde hemos conseguido sueños, deseos y felicidad...?
ResponderEliminarMi abrazo entrañable y feliz finde, amigo poeta.
Sin la menor duda, María Jesús, lo que sucede es que a uno le gusta fantasear.
EliminarUn cariñoso abrazo.
El horizonte que te lleva adelante y atrás y terminar en la mirada de tu amor, un abrazo Francisco!
ResponderEliminarElla es principio y fin de todas las cosas, María Cristina.
EliminarUn abrazo.