A mi hermano Juan
El violín dejó una estela de regusto,
de dulce nostalgia enamorada y un paladar denso,
como de leche condensada
y almibarada a la infancia.
Eran los primeros compases
de “La leyenda del beso”
esos que te hirieron de infantil ternura
y te dejó marcado de manera indeleble
en el oído interno para siempre.
Es el inefable perfume de los recuerdos
que se enquistan, sin ser notados,
en las horas felices;
y ahí se alojan para siempre,
en aquel tiempo achatado por los polos
al pasodoble en masa
o el espectáculo del tango de Pedro y su sobrina
convocando todas las miradas.
Ella era ligera como una pavesa,
como esos confetis lanzados al aire
que danzan en la ingravidez de lo sutil
hasta caer al suelo en amalgama de color,
o remontan y levantan el vuelo,
sin conocer el destino, antes de posarse.
Son recuerdos tan imprecisos como fijos
que hoy gravitan en el aire,
como aquel cuerpo joven y grácil
que evoluciona colmado de emoción
en escala oscilante de candor y de ternura.

Eso es amor de hermano. Y lo demás, tonterías.
ResponderEliminarAbrazo.
Aunque no todos tenemos un Fernando, también un Juan puede jugar esa baza.
EliminarUn abrazo.
El amor de la infancia, tan puro y tierno como tu poema, Francisco, un abrazo!
ResponderEliminarY eso, María Cristina, merece cultivarlo para siempre.
EliminarUn abrazo.
Recuerdos de música y baile para tu hermano, que sin duda alguna es amante del arte, como tú, Francisco.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable.
Era muy pequeño cuando quedó maravillado por aquella criatura danzando esta melodía, María Jesús. Mi hermano tiene una sensibilidad muy especial.
EliminarUn abrazo.