A lo lejos, se hace de oro el silencio
y el sol rinde armas al ocaso.
La tarde ha perdido su virtud
y es cristal empañado,
mácula, como paja en ojo ajeno.
En las cercanías, un campanil
invita a la oración,
pero la calle no entiende de recogimiento
y un automóvil hace sonar el claxon
como portazo de quien se desentiende.
Se turba la paz, como también
será agitación el telediario
y pondrá patas arriba a la esperanza.
La dulzura de la noche plácida
deja su acento diacrítico
a lomos de la imaginación,
apoyadas las manos en un buen libro
y abierta de par en par
la capacidad de sorpresa,
observando el brazo arqueado del flexo
que evita que pueda perderme
en la masa amorfa de lo desconocido.

Qué bien escribes, jodío
ResponderEliminarRecuérdame, Tracy, que te quiera para siempre.
EliminarUn abrazo.
Un libro nos lleva a otros mundos, al igual que tu poema, un abrazo Francisco!
ResponderEliminarLa lectura, María Cristina, es un juego mágico. En nuestra soledad y aislamiento provocado, se nos manifiesta la vida mágicamente.
EliminarUn abrazo.
Me gusta eso del acento diacrítico de la noche.
ResponderEliminarUn abrazo, Paco.
Es un acento que no nos puede pasar desapercibido, Cayetano, ya que viene marcado.
EliminarUn abrazo.
Consigues un equilibrio entre lo positivo y lo negativo, Francisco...Realmente hay un gran contraste entre los ruídos materiales y los de la naturaleza y el espíritu y hay que saber encontrar el punto medio con un buen libro...Buen poema, amigo poeta.
ResponderEliminarMi abrazo siempre.
El equilibrio es esa estabilidad que no siempre logramos o que con suma facilidad perdemos, María Jesús.
EliminarUn abrazo.