Aquella tarde de abril
cuando el sol ya se ponía,
se puso mustio el jardín,
al tiempo que trascendía
el aroma del jazmín.
Por ti me bajé al arroyo
buscando juncos y aneas,
y solo encontré mastrantos,
de tal rigor y profusos
que su aroma aún marea.
Murió la tarde en la loma,
el sol se fue resbalando
por la ladera poniente,
cuando el cielo enrojecía
y la luna fue asomando.
Yo sentí que me embriagaba
esa conjunción de estrellas
que el cielo iluminaba,
y la blanca veladura
de tu mirada de nácar.
Por el camino de vuelta,
antes de llegar a casa,
se nos cruzó un cervatillo
como un cordero lanudo:
blondas de azúcar y nata.

Recuerdos de un tiempo que se fue.
ResponderEliminarCon quintillas frescas y mañaneras, "fechas al modo francesco", sin el corsé obligado de la rima consonante, que a veces estorba más que ayuda.
Un abrazo.
Bastantes corsés nos impone la vida, Cayetano.
EliminarUn abrazo.
Me recordaste que aún siendo niños se sienten esas ternuras hacia quien nos inspira y permanecen para siempre. Un abrazo Francisco!
ResponderEliminarEn el fondo, tan solo somos niños creciditos, María Cristina.
EliminarUn abrazo.
Esa canción infantil tiene un eco de nostalgia e inocencia, pero viene bien recordar, no sólo porque nos impulsa hacia adelante, también porque el niño/a interior que llevamos dentro nos lo agradece...Muy bello, amigo poeta.
ResponderEliminarMi abrazo y feliz domingo.
Ese es mi caso, María Jesús. Ese niño renace cuando menos se le espera y se manifiesta.
EliminarUn abrazo.