En la sala, el hogar, la protección,
el crepitar de la leña hasta ser brasas
y el derroche de amor
como moneda corriente y en curso,
como cinturón de seguridad sin resquicios ni aristas.
Al final de la escalera,
los pasos crujientes sobre madera,
los relatos en la voz de la abuela,
los sueños y los ensueños por entre las fértiles fisuras,
y entre las sábanas los atolones de lo imaginado.
En la plaza, los juegos aplazados
hasta el día siguiente
y la guardia pretoriana de las palmeras
elevando los nidos más allá de lo visible.
En la campana del reloj
la repetición de las horas en punto
y la veleidad sonora de las medias;
los juegos, los Chorros, los buñuelos,
y la pescadería aromando las mañanas
entre voces y escamas en competencia.
En la era, las reproducciones cinematográficas,
los enfrentamientos bélicos y las conquistas,
y desde mi ventana,
el azul del mar haciendo guiños relucientes
de tierras desconocidas,
la aventura de un más allá que rompe las lindes.
El mejor paisaje, Francisco, un abrazo!
ResponderEliminarNi mi abuela ni mis padres están para agradecértelo, pero yo no lo podré olvidar.
EliminarUn fuerte abrazo.
Francisco, has mirado en perspectiva el recuerdo de la infancia, que se muestra claro rotundo y sabio desde tus ojos maduros...Una preciosidad, donde el trabajo, el amor hogareño, la creatividad, el juego y los sueños son protagonistas de aquellos días inolvidables...!!
ResponderEliminarMi felicitación y mi abrazo por tu genuino y hermoso poema.
No imaginas el empuje que ejerce en mí tu opinión. Mil gracias por tanta generosidad, María Jesús.
EliminarUn fuerte abrazo.