Llega el sueño sacándote del
presente,
trasladándote a un mundo
desconocido
donde la voluntad queda
suspendida
en la percha de una muerte
transitoria,
donde nada de lo actual es
reconocible.
Se acerca con una mortecina
antorcha
invitándote a embarcar hacia
un destino ciego.
¿Será Caronte?
Todo duerme un tránsito
apagado,
un discurrir inerte en el
que aparece
una nueva entidad que se
superpone,
como un juego de muñecas
rusas
deglutiendo cada una a la
anterior
e imponiendo su tipología y peculiaridad.
La tragicomedia del mundo
viste sus galas grotescas
y asume cada quien papeles
nunca imaginados,
mientras otros se repiten
caprichosamente.
Tú no, mi amor. Tú indeformable
en sueños como a pleno día.
Tú
la diana de mi mirada, el
epicentro
del tsunami que me agita
y me coloca en tu órbita,
la fuerza telúrica que me
moviliza.
En este deceso del que
confío despertar cada mañana,
tú el principio y la meta,
mi objetivo y mi todo.





