Para vivir en paz,
para ser cotidianamente feliz,
me pido manejarme con corrección
en la aritmética divisoria,
en el partir y el compartir,
en vivir a ras de suelo
sin ecos perfumados de sueños elevados,
ni áticos con vistas a lo imposible.
Si lo paradisíaco es una exclusividad
excluyente,
¿quién me asegurá que no soy yo
quien se quedará desubicado?
La exclusividad lleva al aislamiento,
también para aquellos que proyectan
vivir aplaudidos y adulados
por los harapientos de espíritu.
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