Botijo y cántaro tenían su
alma líquida
y sus panzas sudorosas;
un sudor del reposo
con el que conservar fresco
el contenido,
a la espera de darse con
generosidad
y saciar la sed de toda la
familia.
Pequeños aljibes de barro que
se nutrían
─fundamentalmente─
del esfuerzo de la madre
o de las niñas que
comenzaban a mocear.
En el pueblo no había red de
alcantarillado,
pero “Los Chorros” corrían imperturbables
desde siempre y con vocación
de permanencia.
¡Paquito, ve a por un búcaro fresquito,
que vamos a comer!
La plaza era un trasiego de
niños que juegan,
madres que van y vienen
sobre el agua
y acémilas llevadas a
abrevar.
En cubos de zinc, las aguas
negras eran devueltas al río
para completar el ciclo que
hoy oculta el subsuelo.
En mi memoria no circula la
añoranza
─salvo de las personas─
pero sí el recuerdo de un
tiempo dulce de infancia.





