Atrás quedó el ayer,
el pluscuamperfecto y sus antecedentes,
atrás los desasosiegos resueltos
y también los insolubles
a base de enconado desgaste.
Atrás quedó la rotonda
que, como un bucle,
me hacía bailar la peonza
cuando pretendía trazar
una línea recta de acercamiento a ti.
Atrás se quedó como dormida la niñez,
la adolescencia, la pubertad,
el jovial ímpetu arrollador
y hasta la sosegada madurez;
un calendario de días semidesnudos
que siente el vértigo del despoblamiento
en sus hojas postreras.
Atrás las voraces apetencias nunca satisfechas
y el desbordamiento sin límites,
para acabar habitando
el mínimo común múltiplo
que todo lo engrosa.
Atrás quedan las borrosas imágenes
del retrovisor de los días vividos.

Atrás quedó todo. En pluscuamperfecto, como señalas, también: había quedado todo.
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