“Y vio Dios que era bueno.”
Lo había hecho todo:
el día, la noche, la materia,
la lluvia… Y con la lluvia el barro.
Y se hizo alfarero,
y le dio un soplo de vida,
y de dicha inercia, un
esqueje
en carne viva y apetencia;
un complementario, anverso y
reverso
de un todo reconocible
que se identificaban,
y con la capacidad de
germinar
y centuplicar el censo.
Les entregó valles y prados,
bosques y árboles frutales,
el día y la noche, luces y
sombras,
todos los mares de azur
y tierras frondosas,
todos los reinos animales;
les dio el habla y la
potestad de nombrar,
de darle sesgo y predicado a
todo.
Y fueron tentados,
y todas sus fortalezas
las usaron en acusarse uno
al otro
sin responsabilizarse de su
fragilidad.
Y nació la codicia, y lo mío
es mío;
e inventaros las fronteras,
los mojones y los aranceles.
Y el dedo acusador sigue
codificando al otro
en la periferia de lo
reconocible.
Y así, enredando, enredando,
de generación en generación,
se deshelaron los polos de
los corazones
con riesgo de licuarse
y el consecuente aumento
de los niveles de codicia…
No se sabe qué pensará Dios,
pero es muy posible que hoy opine
que no era tan bueno.