Pregunté al pinar,
y se mostró docto en luces y sombras,
en rayos filtrados y en música de viento;
a sus pies, alfombras de helechos,
y hacia arriba verticalidad infinita,
rectitud no fingida.
Despeina sus copas de agujas pajizas
y fertiliza su suelo de paz y armonía;
sabe de silencio y también de acogida,
de rectitud, de frescor en verano
y de tibieza armónica cuando reina el frío;
de fuste y sencilla elegancia,
de marcial y cortés cortesía.
De severa esbeltez, de columna infinita
que no teme al calor del verano,
ni al gélido frío del invierno;
que su miedo es al fuego,
pues anda buscando y aún no ha descubierto
la esperanzada puerta de salida.
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