Verano. Tiempo de abundancia,
de cosechas encadenadas
como una suerte siempre premiada,
al tiempo que escalonadas unas a otras.
En la huerta de mis recuerdos,
de largos y soterrados esfuerzos,
allá por junio, las peritas de san Juan,
deslumbrante pórtico de entrada;
desde ellas se desencadenaba
una abundante lluvia de ciruelas,
de duraznos, de ricas y teñidas moras,
los higos y las arracimadas uvas,
sin olvidar los colosales melones y sandías
para cerrar con las llamativas granadas.
En otoño todo había languidecido,
pero ya eran pinceladas de color
las que teñían de esperanza
la monotonía verde de los naranjos.
Plantó el abuelo, injertó y podó mi padre,
y las circunstancias climáticas gestaron
cosechas similares en años venideros.
No había para elegir, el gozo estaba
en saborear lo que iba dando la tierra.
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