Pasear descalzo por la orilla,
sentir el frescor y la salinidad
por los tobillos y sortear
algún que otro canto,
pulido o no por la erosión,
o una ola imprudente y juguetona que salpica.
La naturaleza y la belleza maridan
y nos ofrecen lo más sutil
de sus poses y misterios.
Allá a lo lejos, el enigma de lo desconocido,
la delineación horizontal
de una línea inexistente y los cánticos
que mecen las olas
o hacen soñar con las sirenas;
en lo inmediato, bajo los pies,
cuando el capricho se hace fortuna
y nos devuelve los tesoros recónditos,
las valvas nacaradas,
los cristales romos y perfilados
y el destello de un tesoro que tiene más de fantasía
que de peso específico y biseles imposibles.
Lamer la orilla, pasear descalzo
antes de que el sol nos dispare sus saetas,
y hacerlo ilusionado en un bello encuentro.
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