A Reme Espejo
Nada más natural y sublime que los paisajes
manchegos de Calzada de Calatrava,
esos que enamoraron al ingenioso Hidalgo,
donde soñó, sufrió y gozó miles de aventuras
y la rendición apasionada a su dueña Dulcinea.
Sorprendido por la petición a la que responder,
tomo apuntes minuciosos con los que bosquejar
los trazos finos y gruesos, negro sobre blanco,
de esa sugerente sonrisa, ausente de picardía,
pero colmada y remecida de gozo en la espera.
Me columpio en lo ignorado por el olvido
y también por el desconocimiento,
me adentro en el bosque de lo secreto
y descubro en la mirada el ascua de la curiosidad,
la desazón por el conocimiento,
y también por las relaciones amistosas y cordiales.
Es mirada de luz que se expande al horizonte,
es retrato del alma y es voceo en silencio,
mímica que explica sin discursos grandilocuentes
y estancia y quietud que aguarda sones soñados.
En ella hay un pozo, una trastienda con llave,
pero lo visible y virginal es de tan suma calidez,
que roza y da de lleno en lo soñado y lo reviste
de celeste, en este juego mío, que con la tijera
ando recortando lo escaso, a riesgo de disparatar.

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