El hibisco amarillo palidece su espera,
mientras que el carmesí,
es encendido sonrojo que exalta
y hasta pone en apuros;
en cambio, el rosa,
es un vals que danza los siete velos,
revoltoso y juguetón entre miradas.
Cuando digo amarillo,
es un sol que amanece y desborda;
cuando digo carmesí,
es un rubor en las mejillas
que me desnuda el tronco de escalofríos;
y cuando digo rosa,
es la ternura que se apropia
de la voluntad más terca e ingenua.
Herido. Ahora me siento herido
en la pigmentación de mis labios.
Ven. Ven tú, y sácame esta espina,
pon toda la pasión en los tuyos.
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