La brisa del mar es melancolía,
es caricia mimosa cuando uno se aleja,
recuerdo imperecedero
que desgarra los basamentos del alma,
sed impetuosa de regreso
como coda irreconocible que se empestilla
y se obstina sin solución.
Regresar, volver al lecho de tus brazos,
ensimismarse en tu contemplación
y permitir que sueñen los recuerdos
cuando no estás al alcance.
¡Oh Anfitrite, diosa de los mares!
Nadar en tu ensenada amorosa,
desentenderse de uno mismo
y dejarse llevar por el balanceo
de tu hechizo y perfume inequívoco.
Fragancia, deleite, amor, amura,
torso virginal y delicioso,
y al final de cada jornada,
-tanto cerca como lejos-
de nuevo a la mar,
a los remamos de tus brazos.
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