A Larysa Chesnokova
Una espantada colectiva,
bajo el silbo de las bombas,
una oración de recogimiento interrumpida
por la ambición vecina de expansión,
cuyas apetencias nunca se sacian.
La codicia no duerme, siempre vela
en el canto de una apuesta indefinida,
de unas garras que sueñan con estrechar
la vecindad hasta trasponerla,
y desescombrar, y levantar muros divisorios
y que los muertos entierren a sus muertos.
En el teclado de su piano
quedaron las huellas de sus declamaciones melódicas,
el féretro abierto de la música hecha enseñanza
y el eterno y obstinado aprendizaje diario:
la perfección no es fruto del azar,
sino la regla que traza el camino
hacia la cumbre de lo culmen.
En su semblante, el amargor ácido de la huida,
la mochila de lo íntimo y no desvelado;
pero en el rictus de su sonrisa complaciente,
la ternura traviesa de un “pizzicato” en el alma.

A nivel colectivo dejamos mucho que desear. Somos una sociedad podrida e inhumana.
ResponderEliminarNo se puede definir con menos palabras ni con mayor ajuste a la verdad, Cayetano.
EliminarUn abrazo.
Su música es infinita y constante oración, que sube al cielo en ella os dejó su alma, su fortaleza y grandeza interior...Que Dios la bendiga y la ayude en su camino...Triste y hermoso homenaje, amigo poeta.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable.
Esa loca ambición desmedida de conquista sin fin que provoca tanto dolor! Creo que una vez la citaste acá, sentido homenaje, un abrazo Francisco!
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