Una espada,
una espada de acero brillante
y convertida en patrimonio,
allá donde la historia olvida lo esencial
y habla de tiempos remotos.
Una espada heredada y censada,
calada y ceñida
que trae al presente las esencias del pasado,
en el que el portador
se actualiza.
Una espada que es apelativo,
santo y seña,
que lleva en la partitura original
la tonalidad musical de andar por casa,
salvo en los momentos solemnes
que se trasviste de oropeles.
Una espada que ni quita ni pone rey,
cuyo abolengo es la destreza
que disimula cuando va enfundada,
y la versatilidad
de sus diestros arabescos en la empuñadura.
Una espada sometida al silencio,
de brillo enfundado,
por no provocar,
entendiendo que el silencio,
aún bajo las pantuflas de la cobardía,
es prudencia que no se engalla,
pero sabe apoyarse en la empuñadura
si preciso fuera;
y también pedir perdón
como signo de fortaleza,
con tal de no manchar su hoja
de sangre ajena.
Homenaje a esa espada de los siglos, amiga de soldados y caballeros...También un homenaje a tu apellido, Francisco.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable y feliz jueves.
(imagino que estarás viendo al papa y sus buenos discursos...)