A Larysa Chesnokova
Una espantada colectiva,
bajo el silbo de las bombas,
una oración de recogimiento interrumpida
por la ambición vecina de expansión,
cuyas apetencias nunca se sacian.
La codicia no duerme, siempre vela
en el canto de una apuesta indefinida,
de unas garras que sueñan con estrechar
la vecindad hasta trasponerla,
y desescombrar, y levantar muros divisorios
y que los muertos entierren a sus muertos.
En el teclado de su piano
quedaron las huellas de sus declamaciones melódicas,
el féretro abierto de la música hecha enseñanza
y el eterno y obstinado aprendizaje diario:
la perfección no es fruto del azar,
sino la regla que traza el camino
hacia la cumbre de lo culmen.
En su semblante, el amargor ácido de la huida,
la mochila de lo íntimo y no desvelado;
pero en el rictus de su sonrisa complaciente,
la ternura traviesa de un “pizzicato” en el alma.

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