Es tan solo un boceto,
una cartulina manchada de carboncillo,
cuyas sombras hablan de un ayer remoto
que se sustenta en las lecturas,
en la vieja aventura de aquella lejana niñez
que gustaba imaginar todo aquello
que se salía por los bordes de la mente.
Sobraban los motivos
para haberme soñado bucanero o corsario,
pero también un espadachín de florete
o una versión casera del Tempranillo;
pero Dionisio el areopagita
había tomado su nombre del Areópago
y siempre quise sentir el escalofrío
de subir a la colina de Ares
por la ladera sur que lleva,
subiendo el promontorio, a la Acrópolis.
Y abrazar las columnas, y surcar con mis dedos
cada uno de sus acanalados,
distribuidos a lo largo del fuste,
y elevar la mirada al capitel y hacerme un bucle
regresando a la basa con idéntica admiración,
y dejarme tocar el corazón por alguna Cariátides,
y henchido el pecho de tanta belleza,
fijar la panorámica con Atenas al fondo,
a mis pies, y gritar: ¡Logrado!
¡He tomado la Acrópolis

Yo la tomé hace un par de años. Si no fuera por los andamios...
ResponderEliminarSaludos.
Yo no he perdido la esperanza, Cayetano.
EliminarUn abrazo.
Una genial alegoría, Francisco! Un abrazo!
ResponderEliminarMe alegro que así lo estimes, María Cristina.
EliminarUn abrazo.
Un sueño que has escrito y has eternizado; de alguna manera ha sido real, amigo poeta...También es uno de mis sueños, visitar algún día Grecia y la Acrópolis...Amo la filosofia y la historia griega.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable y feliz jueves.
Tenemos amores comunes, María Jesús.
EliminarUn entrañable abrazo.