Y de repente, gira, y aparecen
un inmenso mar de soles,
al desintegrarse la noche
en los primeros destellos lumínicos,
haciendo coalición con los pesares
en el retrovisor del tiempo.
Se elevaron los frutos de la tierra
reverenciando al rey del día,
desde las primeras oleadas de luz.
Un inmenso crisol, un arrebol áureo
ha revestido las besanas del secarral
de estrellas amarillas sobre varas enhiestas,
como si el firmamento se hubiese abajado
para hacerse asequible a nuestras manos.
Este amanecer rutinario al volante,
tierra adentro, este sobresalto de luz,
este abajamiento de lo celeste a lo terreno,
es también un oleaje de color derramado
que baña tu piel y habla de la necesidad
inaplazable de de juntar nuestros anhelos,
y los simulados silencios de la mar en calma.

Qué belleza ese mar de girasoles volcados a un cielo estrellado, un abrazo Francisco!
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