Ese gesto de ausencia,
ese eclipse en el que te globalizas,
esa mirada más allá del horizonte,
donde la respuesta va de cero a infinito,
huera o campanuda.
Ese extravío en una silla de ruedas
manejada por una nieta postiza,
nacida del otro lado del mar.
Esas ramas del paseo,
la agitación melenuda de la brisa,
la diversidad de hibiscos de colores,
en competición armónica,
y tu mirada perdida
en el anodino infinito.
Vas. Te llevan, pero lo ignoras todo.
Miras sin ver, y quien te mira se pierde
sin conocer tus adentros.
Se aproxima el medio día
y pronto volverás a casa,
tal vez sin los tuyos;
pero la joven inca que te lleva con mimo,
cuidará bien de ti
con indudable preferencia nacional.

Debí hacer las puertas del interior de la casa más anchas, sobre todo la del baño. Un pensamiento que me viene mucho a la cabeza. Porque nunca se sabe.
ResponderEliminarUn abrazo.
Mis problemas de columna empezaron hace muchos años, es por eso que en mi vivienda actual no hay baño, sino ducha.
EliminarUn abrazo.
Encontrar el cuidado de alguien que alivie los momentos duros es un milagro para agradecer! Un abrazo Francisco!
ResponderEliminarLas prioridades no deben venir por la empatía de la piel, sino por estar frente a un semejante, que además te puede ser muy necesario.
EliminarUn abrazo.
Toda una prueba de la vida, que le hará aprender mucho de todos, sin duda...Mi padre estuvo muchos años en silla de ruedas y nos dio ejemplo de paciencia, serenidad y ...yo diría que santidad, se ganó el cielo...!
ResponderEliminarMi abrazo entrañable, amigo poeta.
Como siempre, trato de que contenga más de una lectura. Es admirable que en esas circunstancias en las que algunos se exasperan, tu padre fuera un ejemplo a seguir.
EliminarUn fuerte abrazo.