Tarde-noche del día de Reyes. Ya noche cerrada nos quedamos solos y salimos a la calle para dar un paseo y digerir más sanamente lo que habíamos comido y celebrado. A las 20,15 estábamos a las puertas de los Multicines Alameda y me precipité a comprar las entradas sin tiempo para meditar sobre la opción más oportuna. Sala 2, Le Havre, de Aki Kaurismäki.
Mis tareas de voluntario en Cáritas me tienen en permanente contacto con el mundo de los necesitados y el de la emigración como un sector relevante a los que nuestros propios pobres pretenden negarles el pan y la sal. Y mira por donde me encuentro con esa realidad en la pantalla describiéndome un mundo idílico y utópico, donde los vecinos de un barrio deprimido hacen causa común con un joven emigrante perseguido por la policía que se encuentra en tránsito hacia Londres.
Marcel Marx fue un famoso escritor en el París de la bohemia y se ha exiliado voluntariamente, estableciéndose en la ciudad portuaria de Le Havre (Francia), donde vive satisfecho con lo poco que saca con su trabajando como limpiabotas. Tras renunciar a sus ambiciones literarias, su vida se desarrolla sin sobresaltos entre el bar de la esquina, sus copas de blanco, su trabajo y su mujer Arletty, quien le cuida con todo el esmero producto de su esfuerzo y sacrificio. De repente, el azar hace que se tope con un niño negro inmigrante y se entrega a luchar contra los fríos y ciegos mecanismos del Estado, armado únicamente con su optimismo y con la incondicional solidaridad de los vecinos del barrio, para evitar que este chico caiga en manos de la policía y frustren sus sueños.
Hemos pasado una deliciosa hora y media en el cine contemplando un mundo irreal, donde las vicisitudes de este viejo bohemio y la complicidad de su vecindario más cercano nos hicieron soñar con un mundo más comprometido y solidario. Una crítica social muy amable, construida con los mimbres que usara el mismísimo Tomás Moro para hablar de la utopía, o la trama de La República de Paltón.






