Desde la oronda floración de mayo,
la mar vocea mi nombre en la distancia,
y me grita en oscuro silencio:
¿Para cuándo?
Y me quedo aguardando,
bajados los brazos y rendido de pasión.
No busco aventura naviera,
sino el encuentro visual
que me conforta y complace,
ese que me transporta a lomos
de la ferviente y fecunda imaginación,
como en presencia de la amada.
¡Por fin! Y los brotes verdes del paseo
ahora son algas a punto de sal,
buceadoras del lecho marino
que me cuentan aventuras
y hasta requiebros pícaros
de la atrevida marinería y las sirenas.
Con esta voluntad indómita,
donde los sueños son vestigios por vivir,
los pies palpando la arena húmeda
y trasponiendo por el quicio
que se pierde detrás de lo incierto,
hasta bajar o ascender de las profundidades
donde la beldad mora y aguarda,
hasta que sea una verdad absoluta en mí.

Con los años he aprendido que para algunos asuntos mejor no tener prisa.
ResponderEliminarUn abrazo.