Si el arroyo salta sin miedo
y se violenta al vacío buscando continuidad,
si pasa por la vecindad reseca
sin dar un solo trago a la aridez vecina,
y entrega todo su despeñadero
a un río con renombre sin haberse derramado;
y si éste, nutrido por una diversidad de cauces,
se envalentona y acaba rendido de bruces
en la mar,
sin ni siquiera un guiño
o mejor, un generoso trago a los sedientos
del camino…
¡Cuales son sus frutos,
cual su función sino la huida de sí mismo,
desde su profundo ensimismamiento!
Sea yo un pequeño manantial,
quizás un incipiente arroyo sin nombre
ni merecimientos loables,
ni tan siquiera
localización en los anales de la Geografía,
pero llegue hasta mí la sonrisa del sediento
en su anónimo discurrir,
para que el mío se justifique,
tanto en los desbordamientos
como en la entrega dócil cubriendo necesidades.

Está claro que no nos pide permiso.
ResponderEliminarUn abrazo.