Antes de que soltara el
viento su anclaje
inflando ambos carrillos
como un niño con globos de
colores,
se descorrió la cortina de
nubes
que presagiaba temporal;
a las primeras ráfagas,
se arremolinaron las hojas
en una espiral indecisa
que no atinaba dónde
posarse;
dos sombreros y tres pamelas
precedían
la marcha acompasados por
los soplidos
y los peines perdieron su
eficacia;
hasta un peluquín sin dueño
reconocido
hizo un par de escorzos
antes de desaparecer;
las faldas perdieron su
eficacia
y todo y todos la
verticalidad,
inclinándose para ofrecer
menos trapo al viento.
Sobre los cristales,
una artillería de restos vegetales,
partículas de arena y
tierra,
imprimiendo rotundidad en el
redoble.
A poco, era la lluvia la
protagonista
y un apagón eléctrico
tiñó de tétrico el
anochecer.
Las calles desiertas,
fantasmales, arroyos
improvisados,
afluentes entre sí en la
próxima esquina
y una desolación
generalizada
orquestada por el viento.





