Yo era un chico inexperto
y ella un rayo de luz como
una sonrisa en cascada,
un ángel dorado, pan de
trigo,
sol de Suecia en la playa de
San Pedro Alcántara.
Pasábamos la mañana
jugueteando en la playa,
enredando como escolares;
ella debió descubrir que mi art amatoria era escasa
como mi nivel de inglés
con el que nos
comunicábamos.
Nunca supe qué pudo atraerle
de mi falta de pericia;
tal vez, llegara a descubrir
tras aquel canto rodado a
orillas del mar
un posible diamante en el
que se había encaprichado.
Era el comienzo de los
sesenta,
cuando en la Costa del Sol
las suecas adquirieron
nombre propio en la carnalidad
y yo no pasaba de ver en
ella
sino que lo que había
imaginado en los pinceles
de El Bosco ante el Jardín de las delicias
o el enigma de la sonrisa de
Mona Lisa de los libros de texto.
Tantos años después, estoy
satisfecho
de aquella inocencia mía,
pues el mero tacto hubiera
mancillado
aquel lejano sueño de
verano.






