Un jumento lanudo y rucio,
enjuto,
de orejas enhiestas
y caminar cansino y firme.
“El Señor lo necesita”;
fueron palabras de rúbrica
para un contrato de cesión
sin contrapartida.
Cruzó el Cedrón
sin mojarse los pies a
gritos de
“¡Hosanna! ¡Hosanna!”
y ramas que se agitaban
victoriosas
blandiendo aromática
clorofila:
“¡Bendito el que
viene
En el nombre del
Señor!”
Y la chiquillería
de inmaculados capirotes
le hace cortejo efímero y
alborozado
por las estaciones de calles
y plazas.
Ayer.
Mañana.
Hoy mismo;
antes de que se oscurezcan
los ecos de júbilo de la
masa amorfa,
le volverán la espalda
mientras carga el madero
donde clavará tus afrentas y
mis culpas,
y le dejarán solo y
enmudecido
como sordas y desnudas
piedras del camino.





