13 marzo 2019

METAMORFOSIS




El gusano se quedó dormido,
se abarquilló sobre sí
cuando le blanqueaban flecos que luego amarillearon
y fueron un saco de dormir de seda.
No sabemos si se echaron a soñar juntos
en una caja vacía de zapatos,
imitando al gran plantígrado del polo
en su siesta hibernante.

Pasaron los meses como pátinas de olvido,
sin novedad alguna;
finalmente, un murmullo de aleteos
dio nuevos ecos a la caja:
ahora alas brillantes, como de polvo dorado,
como tornasoles de estrellas
que no hacían nada por levantar el vuelo.

En el reloj biológico, un nuevo paso
sin atrasos ni adelantos,
un eslabón de vida
como semilla de grano que muere en tierras para dar vida
en la frontera de lo milagroso,
de lo cercano y al tiempo lejos de nuestra voluntad.

3 comentarios:

  1. A mí me gustaban mucho los gusanos de seda. Hasta que revoloteaban las mariposas esas tan horribles, poniéndolo todo perdido de manchas y de huevos. Creo que es el único caso en que la oruga es más bella antes que tras producirse la metamorfosis.
    Un inciso: a Dani, el hermano pequeño de un colega de la infancia, le gustaban tanto que hasta se los comía. Un día me dijo Oli: "ven a casa, que te voy a enseñar mis gusanos". Y allí estaba su hermano pequeño, con la caja abierta y la prueba del delito en su boca y sus manos.
    Un abrazo, Paco.

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  2. Fascinante esa metamorfosis de los gusanos de seda que yo he tenido en cantidad de ocasiones.Saludos

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  3. Con los gusanos de seda tengo una anécdota de cuando era niño 6 o 7 años e iba a un colegio de monjas que también tenían gusanos de seda, les llevaba morera, o al menos eso creía, que recogía de camino al cole, hasta que se murieron todos los gusanos, esas monjas ya no quisieron las hojas que tanto se parecían a la morera.

    Un abrazo.

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