Cuando cae la tarde,
todo declina y hasta la luz se eclipsa
como resbalando y agigantándose
hacia el oeste
Es tiempo de recogimiento,
de echar el cierre y volver a casa.
Hoy, domingo, hago el camino inverso
y veo el atardecer desde mi acostumbrado poniente,
pero el sol no distingue de geografías caseras
y lo hace todo mayúsculo y reiterativo,
con ingente y desmesurada metodología
que ha desplazado las referencias
otro tanto como la deriva.
Unos jóvenes pasan pregonando
la victoria de su equipo,
otros lo hacen en silencio y a hurtadillas:
la derrota, como la muerte,
es un llanto compungido en recogimiento
de la que nadie alardea.
Es tiempo de volver, ha caído la noche
y el cansancio es un sumatorio negativo
a las contrariedades que entristecen el alma.
Alguien que no ha visto, tampoco ha creído,
quizás mañana, cuando tenga en sus manos la prensa,
le traiga malos recuerdos su ufana incredulidad
y se arrepienta de la terquedad mostrada:
el dedo en la llaga es una derrota superlativa.















