Yo
dormía mientras mi corazón velaba.
(Ct 5, 2)
Dormía,
y en
el trance ─supuestamente
extraño─,
se producía la celada
y
te buscaba por entre las rendijas
de
mi deseo,
donde
dejabas de ser etérea
─aunque
siempre idealizada─
para
acurrucarte entre los brazos
de
mis ensueños
que
nunca desfallecen
ante
un escorzo de fortuna
y
te perfila con el difumino
de
la codicia que me aprisiona.
Tú,
el aposento de mi descanso,
el
acantilado en que me atalayo,
la
dársena en la que fondear
guarecido
de las inquietudes
que
me atormentan,
que
me turba el seso en exceso.
Fuera
de ti no hay búsqueda,
porque
estás delineada
─como
el horizonte─
por
el caos de la nada.
Tú.
Tú
eres mi mar, el mar, la mar,
la
desmesura salobre,
agitada
y musicalizada,
el
oleaje que me balancea
entre
un no y un quizás.
Tú
ibas de acá para allá
en
el rompeolas de mi tormento,
y
me así a tus caderas de agua
para
hacernos posada y fonda,
morada
dilatada del amor.






