Nací asomado al mar,
ventana universal,
abalconada y mirando al horizonte,
donde los barcos eran incitación
provocadora hacia otros mundos,
tan desconocidos como sugerentes.
Los vencejos y golondrinas dibujaban caprichos,
generosas dádivas y arabescos de amor,
entrelazando endechas y sonatas armoniosas,
evocadoras de un mundo de ensueños.
Crecía entre arrumacos,
y rodeado de espesura, verdor y naturaleza;
los pies en la firmeza sólida y rural
donde la vinculación era estrecha armonía,
y a las espalda el infranqueable muro caliza
de la Sierra Blanca como escolta afable.
El día presidido por el sol, los juegos
y uncido con norma a las obligaciones;
de noche un firmamento iluminado,
inspirador de aventuras y densas sombras
del ultramundo lejano y desconocido.
Ahora,
en los arrabales de la edad postrera,
sigo aferrado a la ventana,
donde se trasluce el horizonte
desde estos pasos titubeantes,
aunque no dejo de soñar.
No es mala vista, no. Y si viene de tiempos de la infancia, mucho mejor.
ResponderEliminarAbrazo.