Ya se hace perceptible,
paso a paso y sin demora,
el día le va comiendo terreno a lo lúgubre
y han crecido sus extremidades
considerablemente.
El paseo, a orillas del río, es ahora
un largo camino que languidece
ante un sol que ya no hiere,
pero que facilita prolongar los pasos,
al tiempo que remecerse en tonos dorados
que se van haciendo violáceos
antes de que las sombras lo cubran todo.
Cuando la luz es apenas penumbra,
doy la media vuelta y el espejo del agua
va dando noticias de algunos reflejos
que, en ocasiones son ilusorios
o memoria de la alocada fantasía.
La soledad es ahora el verdadero encuentro,
y la brisa en las ramas de los árboles,
la banda sonora, a veces siniestra,
otras un agradable arrullo,
que ha despoblado los caminos de ausencias.
Vuelvo sobre mis pasos,
sobre la larga estela de la nostalgia,
bajo el capote de la noche cerrada
que ni siquiera es ya crepúsculo.

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