Lo apetecible a la tercera edad
es mirar a lo lejos
y contemplar un futuro simple,
una acción directa
que, llegado el momento, sea inminente,
sin nada de engorros científicos
que demoren la acción del verbo
y tampoco tiempos perifrásticos
con goznes sonoros,
mohosos y artríticos de óxido.
La ancianidad es una puerta abierta
que puede cerrar una racha de aire
de un golpe seco
y deja tras de sí un largo silencio,
en tanto se confirma
el mal presentimiento,
o un entornado que precisa
de vigilancia y cuídos esmerados.
Mientras pasan las horas muertas,
no dejo de cavilar y conjugar los tiempos
de ese futuro cada vez más próximo.
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