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09 junio 2011

EL CABALLO DEL 15-M

Un caballo desbocado recorre la Avenida y se empotra en el BBVA de la sevillana Plaza Nueva

Cuando los asentamientos en las ágoras españolas parece que comienzan a palidecer, el caballo Negrito, un castaño oscuro con años de profesión, tras asustarse, se desbocó y emprendió una loca carrera a lo largo del más céntrico kilómetro de la ciudad de Sevilla, pasando por el andén del Ayuntamiento, para terminar empotrándose contra la gruesa luna del BBVA que quedó hecha añicos.  El incidente se inició pasadas las 9 de la mañana en la parada de carruajes del Banco de España, junto a la plaza de San Francisco.


Hasta ahora, salvo eliminar al Senado y con él a los traductores de las lenguas periféricas, acabar con los blindajes de los políticos con jubilaciones escandalosas, terminar con el absentismo de los cargos electos, el privilegio de los impuestos reducidos y la eliminación de la inmunidad asociada al cargo, poco más podemos destacar de las propuestas salidas de nuestras plazas, sin que por ello perdamos la esperanza de esa bocanada de aire fresco que representa esta rebelión ciudadana, de la que esperemos traiga a nuestro vivir diario propuestas  más constructivas y elaboradas que nos devuelvan la fe en nuestros dirigentes. El peligro está en que les den coche oficial a todos –pongamos que hablo (del Ayuntamiento) de Madrid- y hasta más de un vehículo con chófer por barba.

Antes este impasse, el equino ha lanzado su ataque personalísimo, tal vez atraído por el azul intenso y singular de la entidad bancaria, y ha dado un golpe infernal con su testuz sobre la gruesa luna, seguido del carruaje que daba brinco en pos cual si se tratara de una peonza, como quien apunta al origen de los males económicos de esta sociedad del bienestar en quiebra. Creo que con la herida sufrida por Negrito, y perderse tras la sutura y su convalecencia el camino del Rocío ya tiene el animal en el remedio la penitencia. Esperemos que la razón de los que se dedicaron a pensar en las plazas no se enfríe y sigan elucubrando y trazando las sendas de un mundo mejor, sin que lleguen a tomar ejemplo de este animal alocado, y no abandonen nunca los gestos de paz para tratar de lograr los propósitos que finalmente propongan llevar a cabo.


08 junio 2011

ARGUCIAS COMERCIALES

Algo está pasando en el comercio como para que cada día estén afilando más y más el lápiz de las ideas. Eso es algo que ya había ideado la antigua Rumasa cuando sus empleados tenían tarjetas de compras con descuentos de Galarías Preciados,  cobraban la nómina a través de uno de los bancos del grupo, vacacionaban en los hoteles de la cadena, viajaban con las agencias del holding y, en suma todo se quedaba en las mismas arcas.

Mi amiga Chari es un poco exagerada con eso de las altas temperaturas, pero no encuentra el ventilador adecuado para que no le moleste mientras duerme, así que por aquello de la garantía de devolución fue al gran almacén para comprar y luego probar que efectivamente no hace ruido. El mes avanzado y la nómina casi dilapidada, pero echó mano del recurso de la tarjeta y se compró el más caro y silencioso. Su sorpresa fue que, con el ticket de compra le dieron un vale para un pincho de tortilla, a consumir en la cafetería del establecimiento en el mismo día. “¿Y cómo hago  –se preguntó-  si me he escapado del negociado y además ya había salido a desayunar antes?”. En esas se encuentra con una amiga suya y le dice entregándole el vale: “Aprovecha, yo ya no puedo entretenerme más”.


Su amiga Miren estaba algo llenita y había ido a comprarse una báscula de baño, urgida por el control diario de peso, buscando en él la recompensa a tanto sacrificio. Por un momento no supo qué hacer. Hacía tres meses que no había probado un pincho de tortilla y ahora tenía la posibilidad de tomarse dos de un golpe: el que acababa de darle su amiga Chari y el que le dio la cajera a abonar su báscula de baño. Subió con decisión a la planta donde se encuentra la cafetería, buscó en el bolso los dos vales por sendos pinchos de tortilla, encontró sin querer la tarjeta de su nutricionista y finalmente pidió un té con limón.  Le preguntó el dependiente con mucha diligencia: “¿Tomará la señorita un croissant o un bollito de leche?”. Le miró en silencio con deseos ocultos que exteriorizó en su cara de angustia, al tiempo que se le escapaban un par de lágrimas delatoras y bajó la cabeza ocultándose. 

07 junio 2011

LA ESPERA

¿Sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie? (Neruda)

Su padre se opuso frontalmente a aquella relación, pero nadie aprende en cabeza ajena y Mercedes se sentía en el derecho de vivir su vida. Había tenido otra relación anterior, pero sólo conoció la pasión cuando se encontró en los brazos de Eduardo, un eterno estudiante de buena parla que a sus 28 aún tenía asignaturas colgadas de varios cursos y un proyecto que nadie sabría asegurar si realmente había comenzado. Andaba siempre a la cuarta pregunta, pero no hacía escrúpulos cuando ella tenía que hacer frente a lo consumido sacando la cartera. La madre, a espaldas de su marido, se había convertido en su cómplice y le tapaba sus encuentros.

Cierto día llegó Mercedes con mayor cara de preocupación que de costumbre. Sus padres estaban cenando y ella se excusó diciendo que se iba a su cuarto porque tenía jaqueca. Poco después la encontró su madre tirada en la cama, llorando con gran desespero, las manos abrazándose el vientre y, entre sollozos, le señaló el sobre abierto sobre la mesita de noche. El laboratorio confirmaba el embarazo y su madre se dio por enterada sin necesidad de que ella pronunciara palabra alguna.

“Y ¿qué dice tu novio de esto?” “Hoy no ha podido acompañarme, pero dice que mañana por la tarde vendrá para hablar con papá y contigo y proyectar nuestro futuro”. Aquella tarde no llegó nunca, ni siquiera una llamada de teléfono. Pronto los corrillos habían difundido el estado de buena esperanza de Mercedes y comentaban que él se había ido a comprar tabaco a Cuba o tal vez café a Colombia.  Había desaparecido de la ciudad y no volvió a verle nunca más. Pasaron los años y ella seguía soñándose rodeada por sus brazos; le esperaba cada tarde, sentada junto al ventanal, mientras su hijo hacía los deberes y le preguntaba las dudas cuando le surgían.

Pintura de Richard S. Johnson

06 junio 2011

COCTELERA DEL DOMINGO

Los titulares siguen hablando de E.coli: La UE levanta la alerta sanitaria; el brote de 'E. coli' se expande en Alemania sin pistas de su origen; Rusia prohíbe la importación de verduras procedentes de la UE por el 'E.coli'; la UE no limita la presencia de 'E. coli' en verdura fresca; las pérdidas por la crisis del pepino llegan a 20 millones; al menos 17 de los infectados por el brote de la bacteria 'E.Coli' en Alemania comieron en un mismo restaurante, localizado en la ciudad alemana de Lubeck, cerca de Hamburgo; la OMS confirma que la bacteria E. coli se transmite de persona a persona; el ministro de Salud en Sajonia Inferior anuncia que el foco infeccioso puede estar en unos finos brotes blancos, llamados latiguillos o vástagos, que se emplean en ensaladas, especialmente en las de tipo oriental.


Parece que ya se van orientando, después de dar palos de ciego y haber causado un daño irreparable a la agricultura española. Es posible que finalmente consigan los agricultores algunas compensaciones que nunca serán suficientes, pero ¿y los jornaleros que no echaron las peonadas, quién les recompensará? Hoy, muchos hosteleros sevillanos, en solidaridad con la debacle de nuestros agricultores, se han vestido el delantal patriótico y han obsequiado a sus clientes con aperitivos gratuitos de gazpacho.


Lo mismo ha hecho con nosotros nuestro hijo Carlos, que nos ha invitado en su casa a comer: gazpacho y pollo asado al limón, una especialidad que aprendió de su madre y que como siempre pasa con las nuevas generaciones no sólo lo ha captado muy bien, sino que puede hasta que le supere. En la sobremesa, Rafa Nadal nos ha dado el alegrón deportivo al ganar su sexto Roland Garros, igualando el record del mítico Björn Borg y afianzándose como número uno del tenis mundial. ¿Hay quién dé más?

05 junio 2011

PANIER FLEURI

Llegué a Zarauz a mediados de junio. Había volado desde Málaga a Madrid en un Caravelle casi sin darme cuenta; luego desde Barajas a Fuenterrabía en un cuatrimotor Fokker que se movía como si fuera un avioncito de papel de los que nos lanzábamos cuando niños, sobre todo cuando salió de la planicie mesetaria. Tuve la sensación de que me daban la vuelta al estómago en un trayecto que me pareció interminable. El aeroplano se adentró en el Golfo de Vizcaya para iniciar la maniobra de aterrizaje y yo andaba despistado sin saber si tomaríamos tierra a este o al otro lado de la frontera. Afortunadamente me esperaban José y Fermín, me pasearon por Donosti, cenamos en la parte vieja y llegamos a Zarauz cuando la noche estaba ya avanzada.

Es una suerte llegar a un sitio desconocido y contar con una cabeza de puente que te abre los caminos y todo te lo facilita. Me fui lejos de los míos, pero no estaba solo, sino muy bien arropado. A la mañana siguiente ya me había incorporado al trabajo. Dos semanas más tarde, tal vez un mes, por aquello de los amigos, me acogieron en la cuadrilla y me invitaron a celebrar la fiesta de los quintos. Para mi sorpresa, allí tienen la costumbre de hacer una comida anual todos los quintos durante toda su vida. Un autocar y muy buen ánimo en el punto de salida. Aunque la distancia hasta la capital no era muy larga, una parada en el camino para el amarretako, unos bocadillos de jamón y la bota de vino que pasa de mano en mano mientras se tomaba el aire fresco poco antes de llegar a Beasain. Con la alegría del vino y el tentempié, fueron desgranando canciones durante todo el camino hasta llegar a Rentería.


Todo estaba convenido. El autocar nos dejó a las puertas del Panier Fleuri, donde nos esperaba un banquete pantagruélico: treinta y cuatro entremeses variados, fríos y luego calientes, media langosta a la americana por cabeza y solomillo de ternera, para terminar con un suflé Alasca, todo ello regado con abundante vino y sobremesa de café copa y puro. Yo había dejado atrás la pipirrana malagueña y el pescaito y todos me observaban para ver cuándo dejaba de comer. Los pocos años y el pundonor no pudieron levantarme de la mesa. “¡Ay va, sí que come el malagueño!” Luego fuimos a San Sebastián y nos organizamos en pequeños grupos para recorrer sus calles y seguir tomando copas. No puedo decir que disfrutara el paseo, porque la pesadez digestiva me tenía fuera de lugar.


No recuerdo el regreso, pero sí que a la mañana siguiente tuve un cólico como nunca antes ni nunca después en mi vida. Perdí la cuenta de las veces que usé el baño: el sudor frío y la debilidad se habían apoderado de mí. Un par de día de ayuno y agua de limón me fueron devolviendo a la normalidad, dejándome de paso una lección: para siempre entendí que la integración en una tierra donde existen sociedades gastronómicas es más lenta o imposible de lo que pudiera parecer a primera vista.


04 junio 2011

COMO DOS GOTAS DE AGUA

De repente, sin esperarlo, lo vi frente a mí. Me sorprendió. ¡No va a sorprenderme, caramba! Era idéntico a mí. Tal vez algo más viejo y canoso, con ojeras un tanto más abultadas que las mías, o será que me miro más piadosamente que al resto de los mortales; pero ya digo, almas gemelas. Respondía a cada gesto con el mismo gesto. Si yo guiñaba el ojo derecho, él guiñaba el izquierdo; si yo arqueaba la ceja izquierda, él hacía lo mismo con la derecha. Saqué la lengua como queriendo inspeccionarla y él hizo lo mismo. Hice un conato por hablarle y me pareció que él también lo hacía; entonces le hablé con toda decisión y me dejó al descubierto su profunda afonía: vocalizaba, pero resultaba inaudible. Fue entonces cuando supe apreciar las diferencias entre tanta similitud. Le pregunté por su identidad y él calcó cada una de mis modulaciones bucales, pero sin pronunciar nada. Hice por girarme y él hizo lo mismo. Levanté la mano derecha por encima del hombro, la palma al frente y él hizo lo mismo con su mano izquierda, sólo que ofreciéndome la palma de su mano. Cansado de tanta mímesis sin poder establecer comunicación entre ambos, cansado de tantos gestos simétricos y sordos, salí del cuarto de baño y él lo hizo por la esquina opuesta del espejo; desde entonces no he vuelto a saber nada de él.


03 junio 2011

SALA PAVILLÓN

En los años 60 contaba Madrid con dos magníficas salas de fiesta dentro del Parque del Retiro. Todavía era un Madrid muy chispero, pero a la par ofrecía un cosmopolitismo extraordinario. Me refiero a Florida Park y a la desaparecida Pavillón, ahora sala de exposiciones Casa de Vacas. Ella trabajaba como camarera de pisos en un hotel de la calle de Alcalá y su novio era taxista; entre ambos pagaban las letras de un modesto pisito que se habían comprado en Moratalaz: entrada, veinticuatro mensualidades, veinticinco mil a la entrega de llaves…  Un sueño que se iba haciendo realidad mes a mes cuando la Caja Postal podía detraer de su cuenta lo convenido.

Aquella semana tenía turno de tarde y trabajaba hasta las 12 de la noche. Por lo común un trabajo menos exigente, salvo que se topase con algún impertinente que los hay, limitándose a hacer las coberturas y atender las demandas. Se había encendido el piloto de la 408, precisamente cuando ella, en el office, trataba de dar cuenta de su cena. “Lo siento, señora, ya está cerrada la lencería”. “¡Qué me cuentas, chica, actúo dentro de tres horas en la sala Pavillón y necesito que me planchen estos vestidos sin demora!”. Carmen sabía muy bien cuándo los clientes no admiten negativas y se ofreció hacer lo mejor que podía ella misma. Era una señora corpulenta, brava, y sin dudas acostumbrada a viajar; había adivinado en ella el dulzor de voz caribeño, aunque de momento sólo manifestaba exigencias. Cuando hora y media después le entregó el fruto de su esfuerzo, se adelantó el manager con una buena propina y una invitación para dos, para asistir al espectáculo que ofrecía en la Sala Pavillón durante unos días. Ahora con muestras de agradecimiento y en tono conciliador le dijo: “Hoy es el estreno y  son muchos los invitados de la prensa; espero verte mañana en el espectáculo”.


La invitación no incluía cena, sino sólo espectáculo y una copa. Manolo, su novio, la esperaba a la puerta del hotel dentro del taxi. “Creo que se trata de Olga Guillot, según he oído en la radio, una cantante de boleros cubana”. “No sé, Manolo, porque según nuestro listado la habitación no figura a su nombre; ya sabes, para eludir a los moscones”. Les habían situado en una mesita junto a la barra, un tanto alejados del escenario, pero en cuanto la estrella salió a escena, detrás de los acordes musicales de Sabor a mí, ella la reconoció enfundada en el vestido de gasa que ella misma le había planchado y él la identificó con la voz difundida durante toda la mañana por Radio Madrid y entrevistada por José Luis Pécker. “¡Anda, a esta señora la llevé ayer desde Barajas al hotel!”

Manolo y Carmen, tras descubrir de la sorpresa, se animaron a salir a la pista de baile y pasaron una noche inolvidable entre boleros que hablaran de amores y desamores, de infidelidades y arrebatos. “Todo empezó con muy mal pie, Manolo, pero tuvimos suerte y la señora Guillot pasó del enfado inicial a la invitación de recompensa. Gracias a ello, estamos disfrutando de un lujo que está fuera de nuestro alcance”.