Le insistí como
quien trata
de evitar el
precipicio al que se acercaba;
ella se resistía:
quema mis cartas de amor,
desde hoy estaremos juntos cada día
y renovaré cada expresión,
cada palabra, cada acento;
extraeré sonidos nuevos, puliré metáforas,
tañeré para ti apasionados
juegos vocálicos;
alumbraré perfiles que te hagan justicia,
que hablen de ti, de mí, de nosotros…
Tantos años más
tarde,
cuando la edad ha
tomado la salmuera de la artrosis
y se acomoda como
puede a otras dolencias,
me esfuerzo por
cumplir mi promesa
y garabateo para ti
constantemente
esos decires que
volatizó el fuego
para que no los
eches en falta.
Aquel ardor juvenil
ya no es llama,
pero sigue siendo
rescoldo tibio y tierno
en esta edad madura
de las limitaciones,
este tiempos en el
que más nos necesitamos.





