Aquella amistad tomó un oscuro desfiladero
cuando uno de ellos se deslizó
por el terraplén del aborrecedero
y quedaron distanciados para siempre.
Fue en los viajes concertados,
cuando descubrió que comer en el bufete
se acercaba a la voracidad sin límites,
y acabó siendo adéfago.
A lo calladito, opinaba de todo y de todos
y no dejaba títere con cabeza;
tanto se entrometía en las vidas ajenas
que acabó siendo conocido como Camasquince.
En apariencia se entendían perfectamente,
pero aquella relación de amistad
dejaba en los demás sospechosos hilos de cuñadez.
Complacer a todos puede ser el más difícil todavía,
por eso la justicia se venda los ojos
y así se justifica cuando la parte la cataloga de durindaina.
Si no has sido acosado en el recreo,
si no has mordido nunca los calambres del pánico,
puede que te pase desapercibido lo que es miedo
y tampoco entiendas lo que las turbas
entienden por gallinoso.
Es verdad que todos cometemos errores,
pero si acaso te tildan de malfaciente,
hay en ti mucho de malicia y muy poca sinceridad.
Son muchos los adjetivos
con los que los chicos se han atragantado en la plaza
de un sorbo y sin respirar,
pero que te tacharan de minguado
es una cobardía irresistible en privado y aún más en público.

Yo también empiezo a estar en desuso. No mola nada.
ResponderEliminarUn abrazo.