Acababa los días
en la dulce espera
de todas las jornadas.
Se subía a un
pequeño promontorio
y diluía su mirada en
la distancia
como quien
vislumbra lo soñado.
En sus ojos,
añiles, rosados y violetas;
lentos y
encaprichados atardeceres,
llenos de nostalgia
y sobrecargados
de pegajosa
melancolía.
Ni un adiós, ni una
carta;
tan solo un mar
inmenso
pronunciando inconmensurables
las distancias:
silencio quedo,
espera casi audible
como el murmullo de
una caracola.
Ya noche cerrada,
abrochada en sí
misma,
vigilaba las
sombras a la luz de la luna
y volvía sobre sus
pasos
con la ilusión y
esperanza puestas
en un nuevo amanecer.





