Tiene por música el rumor del río,
el cantarín descenso del agua
que ni siquiera recuerda
el repiqueteo alegre de la lluvia.
Tiene por techo la bóveda del cielo,
a veces espejado y otras turbio
y siempre incógnito como buen desconocido
canturrea el día a día
y nunca entona el día por llegar;
se acuna con hambre,
se sacia con vino;
no duerme a pierna suelta
ni tampoco lo hace solo, pues se abriga de frío
y en la caja de caudales sin cerrojos ni puerta
guarda el tesoro de sus despojos;
en noches de luna llena
baila al derroche lumínico
y cuenta el rebaño de las ovejas del cielo
hasta quedar rendido tras perder la cuenta.
No hay plaza libre en el albergue;
tampoco Cristo encontró posada
mas igualmente se siente rey,
monarca de su libertad y de sí mismo.






